Quien ha dedicado décadas al mundo de la tecnología desarrolla un olfato particular para distinguir las revoluciones genuinas de las promesas infladas. Habiendo sido CEO de compañías como Compaq, Oracle, NCR y AT&T, he vivido de cerca el auge y la caída de numerosas predicciones tecnológicas.
La historia demostró que el e-commerce no reemplazó al comercio: lo complementó. Del mismo modo, los libros digitales pueden tener un futuro complementario a la industria gráfica, pero de allí a creer que el libro será reemplazado hay un gran espacio.
Un libro impreso requiere energía para crearse, pero de allí en adelante es un agente pasivo que solo necesita energía humana para ser leído. Un libro digital exige energía eléctrica cada vez que deseemos leerlo. La energía es uno de los principales factores limitantes de nuestra industria tecnológica.
Todo aquél que haya pasado más de cinco años en la industria tecnológica ha sufrido un cambio de formato. El libro impreso no ha cambiado su formato esencial: páginas de papel con texto en tinta. Así ha sido por siglos.
¿Puede alguien dedicar un e-reader con una frase de puño y letra? ¿Podrán los bisnietos releer esa dedicatoria a través del tacto, la vista y hasta el olfato de sus páginas? No se trata de rechazar la tecnología: se trata de comprender que no toda innovación mejora lo que ya funciona bien.
La tecnología es una herramienta extraordinaria cuando se aplica donde genuinamente agrega valor, pero no cuando se usa para reemplazar aquello que ya funciona de manera óptima. El libro sigue siendo el vehículo más eficiente y cercano a la naturaleza humana para transmitir el conocimiento.